LAS REDONDILLAS DEL PRADILLO

En la plaza del Pradillo del Viso del Marqués hay una estatua de don Álvaro de Bazán. En  uno de los laterales del pilar sobre la que descansa, un azulejo reproduce dos redondillas de Lope de Vega dedicadas a don Álvaro. Dicen así:

El fiero turco en Lepanto,
en la Tercera el francés
y en todo el mundo el inglés
tuvieron de verme espanto.
Rey servido y patria honrada
dirán mejor quién he sido
por la cruz de mi apellido
y con la cruz de mi espada.

La relación de Lepanto con don Álvaro y Cervantes, es de sobras sabida. El autor de El Quijote,  elogia al Marqués de Santa Cruz, quien tan destacada intervención tuvo en la batalla que conjuró el peligro turco que amenazaba de modo apremiante a la Cristiandad.

Don Álvaro de Bazán
Cervantes, el Manco de Lepanto

Dice de él que es “rayo de la guerra, padre de soldados, venturoso y jamás vencido capitán”. Cervantes, el Manco de Lepanto, llevará con orgullo su manquedad por no ser nacida en alguna disputa de taberna “sino en la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes ni esperan ver los venideros”.

Sin embargo, la relación de Lope de Vega con nuestro marqués es menos conocida. Para explicarla nos debemos fijar en la referencia que hace la primera redondilla a Las Terceras, nombre con que se conocían las islas portuguesas de las Azores.

Lope de Vega

El rey portugués Sebastián había muerto en Alcazarquivir en 1578; y su sucesor, Enrique el Cardenal, falleció dos años después. Se disputan entonces la Corona, Antonio, prior de la rica abadía de Crato; y nuestro rey Felipe II. Antonio Crato se hace proclamar rey. Felipe II no acepta esta decisión e invade Portugal por tierra. Las cortes portuguesas de Tomar proclaman a Felipe II como rey. Sin embargo, las islas Azores se pronuncian a favor del prior de Crato.

Este logra huir llevándose las joyas de la Corona y, con el producto de su venta más la financiación y el apoyo, en barcos y en hombres, de Francia e Inglaterra, arma una flota para recuperar el trono.

La flota de Crato será derrotada en Las Terceras por Álvaro de Bazán. Y allí estará, a sus órdenes, con solo 19  años, soldado de la mar y voluntario de las armas españolas, el joven poeta madrileño Félix Lope de Vega y Carpio que, al igual que antes Jorge Manrique, Garcilaso o Cervantes, y, después, Calderón de la Barca y tantos otros, quiso probar su valor y acrecentar su honra sirviendo como soldado.

Las Terceras

En boca de uno de los personajes de la obra El galán escarmentado se ponen las siguientes palabras:

El Marqués de Santa Cruz
con cinco galeones parte,
treinta naos, doce galeras
y doce armados patajes,
dos galeazas, quince cebras,
siete barcas chatas grandes,
con catorce carabelas
y con nueve mil infantes
de bizarros españoles,
italianos y alemanes;
cuatro mil hombres de mar
en faenas y balances,
y cincuenta aventureros,
señores particulares.

Narra luego el personaje el desarrollo de las operaciones y termina festejando

“nuestro ejército triunfante,
y quedando victoriosa
la gloria de los Bazanes”.

No sería esta la única aventura militar del gran dramaturgo, pues cinco años más tarde se enrola, otra vez como voluntario, en la llamada (por burla de los ingleses) “Armada Invencible”. Allí perderá a su hermano pequeño, Juan, y es probable que a él (y no al propio Lope) se refieran estos versos:

Ceñí en servicio de mi Rey la espada
antes que el labio me ciñese el bozo
que para la católica jornada
no se excusaba generoso mozo.

Y parece que es así, porque con 25 años no es probable que Lope fuera todavía barbilampiño.

Francis Drake

Cuando más tarde supo Lope la derrota y muerte del corsario británico Drake, lo celebró en su poema épico “La Dragontea”, en cuya portada se representó un águila (la de los Austrias) devorando un dragón (referencia la nombre de Drake), con el lema “Tandem aquila vincit” (Finalmente venció el águila). Hace gala Lope de Vega de su gran dominio del castizo vocabulario del mar, en estas dos octavas reales:

Arde el bauprés, mesana, árbol, trinquetes,
como si fueran débiles tomizas,
coronas, aparejos, chafaldetes,
velas, escotas, brazas, trozas, trizas,
Brandales, racamentas, gallardetes,
brioles, aflechates son cenizas,
amantillos, bolinas y cajetas,
estay, obencaduras y jaretas.
Ya del cabo del balde no se trata,
porque desde la gavia hasta la quilla
el añudado leño se desata,
y el fuego hasta las bombas aportilla.
Crece la luz, la llama se dilata,
la aguja, la bitácora y la silla
deja el piloto, viendo las estrellas
del Norte en la menor de las centellas.

Y  el mar acude también a la imaginación del poeta cuando expresa sus aprensiones en ese famoso poema que comienza así:

¡Pobre barquilla mía,
entre peñascos rota,
sin velas desvelada
y entre las olas sola!

Volvamos, para terminar, a los versos del principio, a la redondilla segunda, que tan concisamente expresa los buenos motivos que los españoles del siglo de Oro tenían para ser valientes: el servicio al Rey, la honra de la patria, la honra personal y la defensa de la Cruz que los entrelazaba todos.

Son prácticamente las mismas razones por las que en boca de don Quijote un hombre puede y debe aventurar la vida.

EL SONETO DE LA IGLESIA

Hemos visto romances (que tanto convienen para “relaciones”, según el Arte nuevo de hacer comedias), redondillas (con sus ágiles octosílabos, característicos de nuestra tradición literaria popular y muy apreciados también por los autores cultos) y octavas reales (estrofas propias de los poemas épicos cultos de la época).

No podía faltar el soneto, importado de Italia. Este es el que hay, como monumento fúnebre literario dedicado al marqués, en la fachada de la Iglesia de nuestra villa:

Aunque de roble y de laurel no enrames,
España, este sagrado mauseolo,
sino de lienzos que combate Eolo,
velas, bastardos, gavias y velames.

Aunque César marítimo le llames,
y en vez de Dafnes, la que adora Apolo,
sus nobles sienes ciña coral solo.
A pesar de la envidia y odio infames,

de ningún capitán de tierra debes
honrarte más que del Bazán famoso,
Crucígero Neptuno, Marte Hispano.

Llora que le perdiste en años breves,
pues era con su brazo belicoso
Argos de nuestra fe, Jasón cristiano.

Se imagina, pues, el poeta el mausoleo del “Bazán famoso” adornado con las velas de sus naves movidas por el viento, y ceñida la estatua fúnebre del marino no por laureles sino por corales. Y se dirige a España pidiéndole que se honre más de él que de ningún guerrero de tierra,  pues supo llevar a través de los mares la Cruz de nuestra fe, y que llore su temprana muerte.

Hay en el soneto múltiples y variadas referencias mitológicas, tan del gusto del Renacimiento y del Barroco:

  • Las velas que impulsan las naves son los lienzos que combate Eolo, dios del viento.
  • Dafnes (así, en plural) se toma aquí por laureles. Como es sabido, la ninfa Dafne, a quien Apolo amaba, perseguida por el dios pidió a su padre, el río Peneo, protección y fue convertida en laurel para evitar que Apolo la violase.
  • Don Álvaro se identifica con Neptuno, convirtiendo al dios del mar en un héroe cristiano, portador no del tridente sino de la Cruz (Crucígero Neptuno).
  • Se  hispaniza en don Álvaro el dios romano de la guerra: Marte Hispano.
  •  Finalmente, es don Álvaro Argos de nuestra fe, Jasón cristiano. De nuevo se cristianizan en el marqués de Santa Cruz dos héroes griegos que simbolizan, en busca del fantástico tesoro del vellocino de oro, el espíritu aventurero de los hombres del mar. Las aventuras guerreras del “César marítimo” adquieren así un sentido transcendente.

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